Mi nombre es María y siempre he sido de bolis Bic. Llamadme tradicional.

No cobro comisión, pero debería. Les hago publicidad diariamente. Jornadas enteras luciendo tinta de sus bolígrafos en las manos, los brazos y, a veces, hasta en el pantalón.

Con este blog no espero disimular mejor a qué me dedico. Al contrario: pretendo compartir contigo mi pasión por la escritura.

¿Empezamos?

Yo soy de bolis Bic ¿Y tú?

Hasta siempre, Carlos

Cuando abrí este blog, hace ya unos meses, lo hice con la intención de llenarlo de textos creativos, de consejos para escritores, de referencias a libros maravillosos. Quería llenarlo de contenidos que pudieran ser de interés, pero que siempre mantuvieran un tono positivo, alegre, optimista.

Nunca hubiese querido para “Manchas de boli” tener que convertirlo en un espacio para obituarios, mucho menos si se trata de grandes escritores como Carlos Ruiz Zafón. Así que pido perdón de antemano por la enorme tristeza que hoy siento, y que seguramente estas líneas no sean capaces de disimular.

La noticia, esta mañana, de la muerte del escritor ha llegado a mí como un auténtico tsunami. Me ha dejado un vacío enorme en el pecho y, en contraste, un revoltijo incesante de pensamientos en mi cabeza. “¿Por qué?”, me pregunto una y otra vez. “¿Cómo ha podido suceder?”. Tan joven, con tantísimo talento… en fin, ya lo sabíamos. La vida a veces es terrible. Noticias como esta se encargan de recordárnoslo.

Carlos Ruiz Zafón es, con diferencia, uno de los escritores que más admiro. Lo es, en primer lugar, porque si hoy disfruto con la literatura es en parte gracias a él.

Fue “El príncipe de la niebla” el que logró engancharme como nunca antes lo había conseguido otro libro. Recuerdo que, cuando me lo terminé, con mis 12 años recién cumplidos, llamé a mis tías para pedirles que por favor lo leyeran, que no se iban a arrepentir. Y para que me tomasen en serio, las repetía una y otra vez: “de verdad, tías, de verdad… que no es para niños. Que es un libro para adultos”.

“El príncipe de la niebla” llegó a mí porque así lo decidió mi profesora de Lengua y literatura, quien nos tenía una sorpresa preparada: había conseguido que el autor visitase el colegio para poder analizar con él los entresijos de la historia. Finalmente, no pudo ser y vino en su representación el ilustrador quien, recuerdo, hizo una exposición buenísima y consiguió dejarnos aun más inquietos, con distintas teorías sobre la historia que acabábamos de leer.

Entre los muchos pensamientos que me vienen a la cabeza hoy está ese. Ese recuerdo, esa idea de que aquel día estuve a punto de conocer a un autor que, aunque yo todavía no lo sabía, me acompañaría siempre. Porque después de “El príncipe de la Niebla”, llegó a mí “La sombra del viento”, mi vínculo definitivo con Carlos Ruiz Zafón.

Cuando leí la primera página, cogí un cuaderno y anoté esta frase: Caminábamos por las calles de una Barcelona atrapada bajo cielos de ceniza y un sol de vapor que se derramaba sobre la Rambla de Santa Mónica en una guirnalda de cobre líquido.

Pensé que sería algo puntual, pero a lo largo del libro fui encontrando citas preciosas que acabaron llenando ese cuaderno. Algunas de ellas todavía las recuerdo. Unas más filosóficas, como Hay decepciones que honran a quien las inspira y otras más “del día a día”, como Y lo que yo digo es más verdad que el pan con tomate.

En “La sombra del viento” descubrí que la escritura es magia, porque permite crear lugares tan especiales como el Cementerio de los Libros Olvidados y personas tan increíbles como Fermín Romero de Torres, uno de los mejores personajes que he podido conocer a través de la literatura.

Y en ese libro descubrí, también, que la prosa de Carlos Ruiz Zafón es simplemente BRILLANTE. No tengo otra palabra para describir la claridad, la sencillez, el equilibrio y la musicalidad que este autor ha demostrado en todos sus libros.

Me hubiese gustado conocerle para comentar “El Príncipe de la Niebla”. Me hubiese gustado leer muchas más novelas con su firma. Me hubiese gustado seguir aprendiendo de él y escribir sobre sus libros porque sí, porque se lo merece, porque lo que hacía con un lápiz y un papel es, sencillamente, arte.

Por eso, hoy sólo puedo estar triste y agradecida al mismo tiempo por todo lo que ha aportado al mundo de la literatura y a mí personalmente.

Gracias, Carlos. Hasta siempre.

Manolito o Manolo. Un reflejo de la sociedad que gusta a todos

Hoy quiero hablar de un personaje entrañable que me ha acompañado a lo largo de mi vida y que, sin duda, siempre será un imprescindible en mi biblioteca: Manolito. O mejor, Manolo, porque en la última entrega que nos regaló la gran Elvira Lindo, este personaje de Carabanchel Alto ya se había convertido en casi un hombre. 

Los ocho libros de Manolito Gafotas constituyen, para mí, un clásico de la literatura infantil y juvenil. Ha sido una de las recomendaciones que he hecho siempre a mis primos, quienes todavía no han descubierto el placer por la lectura. Porque como les digo yo, “no te gusta leer hasta que encuentras el libro adecuado”. 

Elvira Lindo cuenta cómo nació Manolito Gafotas

Yo empecé a leer Manolito Gafotas con 12 o 13 años y el recuerdo que tengo es de reírme a carcajadas con el día a día de la familia García Moreno y la naturalidad y el sentido del humor de la narradora. Me encariñé con el abuelo Nicolás, empaticé con el Imbécil e integré en mi vocabulario frases como “el mundo mundial”, “el principio de los tiempos” o “cerdo traidor”. 

Cuando, años después, Elvira Lindo publicó “Mejor Manolo”, el personaje había crecido, y yo también. Lo leí, y si bien mis impresiones seguro que no fueron las mismas que cuando tenía trece años, puedo decir que me encantó reencontrarme con los personajes y volví a disfrutar como una enana a través de sus páginas. 

Así que podría decir que esta recomendación literaria es para niños y adolescentes, pero no sería del todo cierto. Para mí, Manolito Gafotas es mucho más que un libro infantil o juvenil. Es el símbolo de un barrio, de una sociedad y de una época, que gusta a pequeños y mayores por igual. 

Una comedia fresca (o dos) para empezar el verano

En el verano de 2016 yo atravesaba un momento realmente malo a nivel personal. A mi delicado estado psicológico, se le sumaron otras complicaciones físicas: conjuntivitis y placas en la garganta. Sí, todo a la vez. Y con fiebre alta. 

Cuando se me quitó el hinchazón de ojos y pude refugiarme en la lectura, recurrí a un libro que me venía al pelo: “No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas”. ¡Me pareció tan oportuno…! Llevaba semanas preguntándome qué había hecho yo para merecer todo aquello, y ahora un libro me daba la primera respuesta opuesta al victimismo. La primera respuesta que, lejos de hundirme más en la miseria, me hacía sonreír. 

“No culpes al karma de lo que te pasa por gilipollas”, de Laura Norton (Editorial Espasa), es una novela ligera, muy fácil de leer y ante todo muy amable. Un libro que me hizo reír cuando parecía imposible.

Desde entonces, me siento en deuda con Laura Norton, una autora de la que poco se sabe, pues prefiere mantenerse alejada de los medios. Dado que no he tenido oportunidad de conocerla personalmente, mi manera de darle las gracias es esta: hablando aquí de ese libro y de su continuación, “Ante todo, mucho karma”, porque ahora que se acerca el verano me parece el momento perfecto para leer esta historia fresca, divertida por lo absurdo de sus situaciones y con unos personajes maravillosos.   

Es una comedia romántica y quizá peque de lo que suelen pecar este tipo de obras. El final puede ser, a mi juicio, un poco predecible e inverosímil, pero el ritmo ágil de la novela y el humor que desprenden todos sus capítulos hace que sin duda merezca la pena.

Os contaría un poco más, pero no quiero hacer spoiler cuando la propia sinopsis no da mucho detalle: 

“Mejor no te lo contamos porque te gustará leerlo. Lo único que necesitas saber es que, desde el título, te garantizamos unas cuantas horas de descacharrante diversión como hacía tiempo que no disfrutabas”. 

Ante una invitación así, ¡cómo negarse! Espero que lo disfrutéis 🙂 

Cinco consejos para combatir el miedo a la hoja en blanco

Foto de Tirachard Kumtanom en Pexels

En la historia de todo escritor, siempre hay un claro antagonista: el llamado “miedo a la página en blanco”. A veces me pregunto si padecerlo me convierte en una mala escritora o más bien todo lo contrario. Dicen que es muy natural. Supongo que también lo es la frustración que lo acompaña. La continua crisis existencial. “¿Valdré para esto?” 

Escribo esta reflexión después de ver una charla de Elisabeth Gilbert, autora de “Come, reza, ama”, sobre el proceso creativo y ese pánico, inherente a cantantes, guionistas, pintores y por supuesto escritores, a fracasar. 

Es terrible la presión que nos ponemos sobre los hombros. Esperamos de nosotros la capacidad de poder crear algo lo suficientemente bueno para ese crítico que llevamos dentro que, por cierto, es de lo más exigente. Una pena que suframos tanto haciendo lo que más nos gusta, ¿no creéis?  

Elisabeth plantea rebajar esa presión con un cambio de mentalidad: ¿y si la inspiración fuese un ser divino que nos visitase de vez en cuando? Entonces, la culpa (y el orgullo, en caso de éxito) sería compartida. Os recomiendo ver la charla, porque son sólo 20 minutos y Elisabeth lo cuenta fenomenal, mucho mejor lo que podría hacerlo yo.  

Por mi parte, os dejo cinco consejos para combatir el miedo a la hoja en blanco que, prometo, intentaré aplicarme a mí misma desde ya: 

  1. Rebaja la presión. En serio, dejemos de fustigarnos. No pasa absolutamente nada porque un día no escribas o porque no se te ocurran ideas durante una temporada. Somos humanos y, si nos convencemos de la teoría de Elisabeth, ¡la culpa no es sólo nuestra! 
  1. Vive. A veces la inspiración llega por algo que has leído, por algo que has visto, por algo que te han contado. Si estás bloqueado, tómate un descanso. Como mínimo, mejorará tu ánimo y cuando vuelvas a afrontar la tarea lo harás con la cabeza más despejada y con una actitud mucho más positiva. 
  1. Escribe lo que sea. Cuando te enfrentes al papel en blanco, ponte a escribir. Lo que sea. Puede que no te guste, pero ya has empezado y eso siempre es mejor que nada. Además, es más fácil trabajar sobre una base que sobre un papel en blanco. Una opción interesante puede ser escribir sin la pretensión de que ese primer texto sea la historia propiamente dicha: puedes redactar una descripción de los personajes, del lugar donde quieres que se desarrolle la historia, de cuáles podrían ser los puntos de inflexión… en fin, ese trabajo previo de planificación en el que merece la pena invertir un tiempo, porque nos facilitará el proceso de escritura posterior y porque puede ayudarnos a arrancar.
  1. Planta cara al perfeccionismo. Sí, esas primeras líneas que plasmes en el papel seguro que te parecen un verdadero churro, pero asume desde ya que nada sale a la primera. Una buena historia es el resultado de escribir y reescribir. ¡Nadie dijo que esto fuera fácil! 
  1. Que la inspiración te pille trabajando. Lleva siempre papel y boli a mano por si el genio de la creatividad te visita. Y sí, será más fácil que llegue si adquieres el hábito de ponerte a escribir todos los días. Así que… ¡que se vean siempre esas manchas de boli en las manos! 😉

Mujeres que compran flores: un canto a la vida y a la amistad

Mujeres que compran flores, de Vanessa Monfort. Editorial Plaza Janés.

Madre mía, ¡si estamos ya casi en junio! En otras circunstancias, yo estaría ahora mirando la programación de la Feria del Libro y preparando mi lista de caprichos literarios. Este año habrá que esperar unos meses más, aunque poco a poco se van conociendo algunos detalles. Ayer, por ejemplo, pudimos ver cuál será el cartel oficial de esta edición. Una preciosa imagen que, según su creadora, es un homenaje a las mujeres del mundo literario, tanto las ilustradoras, como las escritoras y lectoras. 

Repasando algunos de los libros que he descubierto en las casetas de El Retiro, me acordaba ahora de un libro escrito por una mujer, Vanessa Monfort, que habla precisamente de mujeres. De mujeres que compran flores, para ser más exactos.  

Hace poco prometí en Instagram que algún día escribiría sobre este libro en el blog y creo que es el momento, aunque tengo que reconocer que me lo terminé hace un par de años y no lo tengo tan fresco como el resto de recomendaciones literarias que he ido publicando. 

Sí recuerdo algunas de las impresiones que me llevé al leer esta historia. La primera es tiene personajes muy bien definidos. Son, básicamente, cinco mujeres que compran flores, cada una con su vida y sus preocupaciones. Tienen personalidades tan marcadas que es fácil que te identifiques con alguna de ellas y que encuentres, en sus rasgos, similitudes con personas de tu entorno. 

La segunda es que la historia se desarrolla en un lugar fresco, mágico: el Jardín del Ángel, una floristería que se convierte en el escenario perfecto para que sus personajes se relajen con un buen vino y hablen de miedos y sueños a partes iguales. Este lugar resulta agradable para el lector e incluso para la propia escritora, que por lo que se ve no pudo evitar pasarse por allí y decidió incluir un pequeño cameo. 

Por contaros aspectos positivos y, también, negativos… Yo personalmente tuve la sensación de que, en algunos puntos, la historia discurre un poco lenta. En concreto, aquellos capítulos más reflexivos, en los que la protagonista debe enfrentarse a su soledad. 

A pesar de ello, mi percepción general de este libro es positiva, pues es de los que consiguen sacarte sonrisas. Porque si algo recuerdo de Mujeres que compran flores es que me pareció un canto a la vida y a la amistad. Un libro cargado de alegría con un claro mensaje de superación y con frases muy inspiradoras. ¿Mi favorita? La reflexión que hacen en un momento de la historia dos de sus personajes sobre “los placeres capitales”. 

Si os apetece un poco de positivismo en estos tiempos complicados, ya sabéis, servíos un buen vino y visitad la floristería “El Jardín del Ángel”. Seguro que os deja un buen sabor de boca. 

Libros de un tal Ken Follet

En este blog no podía faltar una entrada dedicada a Ken Follet, uno de los escritores que más acaparan mi estantería.  Creo que no es necesaria mucha presentación.

Le descubrí en un momento difícil de mi vida, a la edad de 16 años. En mis manos cayó entonces el que todavía hoy es considerado su mayor clásico: “Los Pilares de la Tierra”, un libro al que aconsejo dar una primera oportunidad, a pesar de lo intimidante de sus más de 1.000 páginas. 

Cuando hablo con otros escritores o aficionados a este arte, me encuentro siempre con opiniones diversas sobre Ken Follet. En general, percibo cierto rechazo hacia aquellos autores que sólo publican grandes éxitos. Como si fuese fácil “encasillarse” en algo así. Como si best seller fuese un género literario en sí mismo.  

Desde mi humilde opinión -y sé que entro en un terreno pantanoso- no se le puede quitar mérito a quien consigue que gran parte de sus obras se cuelen entre las más vendidas. ¿Es reprochable tener un estilo comprensible y atractivo para la mayoría? Yo personalmente no lo creo. 

Mi percepción se basa en mi experiencia personal. “Los Pilares de la Tierra” me acompañó en ese momento complicado de mi vida y provocó en mí todas esas cosas que solo consiguen los buenos libros. Su ficción me hizo olvidar, por momentos, una realidad muy desagradable. Me transportó a otros mundos, en este caso a Kingsbridge, un lugar hasta entonces desconocido para mí. Me enseñó un poco de Historia y otro tanto de Arquitectura. Me hizo imaginar cómo sería ese protagonista que levantó una catedral a pesar de tantos y tantos obstáculos y, gracias a las descripciones de Follet, fui capaz de imaginar a ese joven pelirrojo con tal nitidez que mi mente de adolescente no puedo hacer otra cosa que enamorarse.

Puede que Follet no escriba grandes metáforas ni sea un pionero en nuevas figuras literarias, pero si sus libros tienen ese efecto en el lector, para mí es más que suficiente. 

Otro aspecto que me gusta de la lectura es ese sabor agridulce que te dejan los buenos libros cuando llegas a la última página. Una mezcla de satisfacción por los buenos momentos que te ha hecho pasar y de tristeza por tener que separarte de unos personajes que te han acompañado durante tantas líneas.  

Esto me ocurrió con “Los Pilares de la Tierra”, pero tuve la oportunidad de saber qué había sido sus personajes gracias a los otros dos libros que completan la trilogía: “Un mundo sin fin” y “Una columna de Fuego“. Con este último estoy precisamente ahora, reencontrándome con viejos amigos. 

También me he leído la saga de las guerras mundiales y otros tantos libros, como ‘El hombre de San Petesburgo’, ‘Una fortuna peligrosa’, ‘Doble juego’, ‘Vuelo final’… Es cierto que la mayoría siguen una estructura muy similar: siempre hay un protagonista bueno al que le pasan muchas cosas malas. Suele tener fuertes convicciones por las que se ve obligado a luchar durante toda la historia, principalmente por culpa de un “malo malísimo” que no para de ponerle trabas a sus ideales. 

A pesar de que este esquema puede hacer algunos momentos predecibles, la capacidad de Ken Follet para atrapar al lector desde las primeras líneas es incuestionable. Sus historias, además, mantienen siempre el rigor histórico, en una labor tan difícil como es la de combinar personajes reales y ficticios en un mismo escenario. 

Esto en lo que a las novelas históricas se refiere. Ken Follet también tiene una rama de suspense que a mí personalmente me sorprendió mucho, precisamente porque se sale de ese esquema que os comentaba. ‘El tercer gemelo’ es siempre una de mis recomendaciones literarias, porque mantiene ese carácter adictivo tan propio de Follet en un género totalmente diferente al que nos tiene acostumbrados. 

Y vosotros… ¿Qué pensáis? ¿Os gusta Ken Follet? ¿Cuál es vuestra novela favorita? ¡Estoy deseando leeros! 😉 

Relatos en cuarentena 2 – Carta a mi yo del futuro

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Hola ¿Cómo estás? Algo más envejecida, supongo. Espero que no de espíritu. Deseo de veras que hayas aprovechado este tiempo para reír, para bailar, para cantar bien alto. Para escribir mil historias, tomar decisiones y cumplir tus sueños. Para dar las gracias y decir te quieros. Para patearte el mundo y absorber cada rayo del sol. En fin, espero que seas feliz y que te hayas convertido en mejor persona de lo que soy yo. 

Te escribo con la intención de que leas esto dentro de mucho tiempo, cuando nuestra mala memoria y el egoísmo propio del ser humano nos hagan olvidar todo lo que nos está enseñando este momento histórico. 

Porque sí, en esta cuarentena, tan complicada por otra parte, he aprendido muchas cosas. A lavarme las manos correctamente, sin ir más lejos. A saludar con el codo y a toser con el antebrazo. A hacer pan casero. A ser consciente de que no es bueno tocarse tanto la cara, y de que quedarse en casa no es un castigo, sino el mejor de los refugios. 

¿Quién iba a pensar esto hace unos meses, cuando éramos felices sin tan si quiera ser conscientes de ello? Entonces caminábamos de un lado para otro, estresados por la rapidez y por la cantidad de gente que había a nuestro alrededor. Ahora, por fin, las calles están vacías, aunque no por ello más bonitas. 

Lo que sí es cierto es que están más limpias. Por primera vez me asomo a mi ventana y veo con claridad las torres de Madrid. Va a ser que cuando el ser humano se detiene, el planeta respira. 

Este confinamiento me ha llevado a valorar el poder curativo del aire fresco en la cara, de los rayos del sol, de un abrazo y una charla entre amigos. Me ha hecho ver que cuando todo falla, lo que verdaderamente importa es lo más esencial: comer con la familia, pasear por la montaña, tumbarnos en un canchal a mirar las estrellas, visitar a la abuela. Que se puede echar de menos de una manera triste, dolorosa, casi insoportable cuando no podemos responder al “¿hasta cuándo?”.  

Y eso a pesar de la tecnología. Acorta distancias, sí, pero nunca será suficiente. 

He podido comprobar que un libro es el mejor medio de transporte que existe. El más accesible, el más barato, el más rápido. El que además de llevarte, te acompaña. Y que la música, esa que suena desde los balcones, es capaz de sacar lágrimas y sonrisas por igual y de unir a todo un vecindario en una misma canción. 

Me he cuidado. He renunciado a ver la televisión durante unos días porque no soportaba escuchar tantas malas noticias. Y me he permitido llorar cuando así lo he necesitado. Sin juzgarme, sin sentirme culpable ni ridícula. Espero que tú también lo hagas. 

Pero más allá del autocuidado, me ha emocionado el cuidado ajeno. Quizá por eso he sabido reconocer a los verdaderos héroes de esta historia. Esos que, con su sacrificio, hacen más por el bien común que por el suyo propio. A esos, les damos las gracias todas las tardes.

Sí, en eso se resume todo. Es el bien común lo que más debería quedarnos de todo esto, María. Que hoy llevo mascarilla y soy responsable, no por mí, sino por mi familia, por mis amigos… pero también por la vecina de en frente, esa que me saluda con la mano a las ocho de la tarde. Por el panadero, por el comerciante de al lado, con el que apenas he cruzado tres palabras. Por todos esos ancianos que sienten miedo. Y por los que no.  

Por todos esos héroes desconocidos de bata blanca. 

¿Recordaremos todo esto, María? 

Décimas de segundo

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Fueron décimas de segundo. No más. 

Elena caminaba por la Avenida de la Albufera a paso tranquilo y con la sonrisa puesta. Iba en modo automático, sin percatarse de la gente con la que se cruzaba o del sonido de los pájaros. En su mente sólo estaba él y los momentos que acababan de vivir juntos. 

Se llamaba Ismael, y su nombre quedaría escrito en su historia para siempre. Era su amigo desde la etapa de preescolar, pero con el tiempo se había convertido en algo mucho más importante. Había vivido tantas primeras veces a su lado… y ahora esta. No podía dejar de recordar sus manos acariciándola, su mirada de deseo pero, también, de ternura. De “esto es importante y quiero vivirlo contigo”.  

¿Y a partir de esa tarde qué? ¿Serían pareja? Elena no pensaba en eso. Estaba tan ocupada pensando en el pasado que no le había dado tiempo a plantearse el futuro. Y tampoco, a percatarse del presente. 

Fueron décimas de segundo. No más. 

En su ensimismamiento, Elena no escuchaba el sonido de los pájaros, tampoco el de esos que suenan cuando el semáforo se pone en verde. Releía el SMS que Ismael le había enviado nada más separarse. “Ya te echo de menos”, se veía en la pantalla. 

Y en esas décimas de segundo, Elena tampoco escuchó el ruido de un coche que se acercaba a toda velocidad. Sólo lo vio durante un breve instante, que la condujo a meses de oscuridad. 

El día en que Elena despertó, con un pijama blanco y muchos cables a su alrededor, no fue capaz de recordar su nombre. Vio a una mujer de unos 50 años sentada a su lado, llorando a la vez que sonreía. Su madre, supuso. 

Y un día después, le vio a él. Se presentó como Ismael. “Es guapo”, pensó al verle. 

Ismael llevaba meses cargando sobre sí una enorme culpa. Por esa tarde juntos. Por ese SMS. Por esas décimas de segundo que no había compartido con ella. 

Por todo eso, o quizá por no agobiarla demasiado, no le dijo lo mucho que la quería. 

“Soy Ismael, un viejo amigo”. 

Elena se dio cuenta enseguida de que debían de haber tenido un vínculo especial, porque en los próximos meses él estuvo a su lado a todas horas. Empujando su silla de ruedas, enseñándole fotografías, contándole anécdotas vividas en el colegio y el instituto. 

Y empezó a vivir con él nuevas primeras veces. La primera vez que volvió a reír. La primera vez que se levantó de la silla de ruedas. La primera vez que caminó, cogiéndole del brazo muy fuerte. 

Ayer, ya de pie y a solo unos centímetros de él, Elena quiso vivir con él una experiencia vital más: la primera vez que besaba a un chico en los labios. 

Fueron décimas de segundo, no más, pero en ese beso pudo ver una vida entera. 

La reina del misterio

En mi lista de lecturas pendientes, había un nombre que llevaba años esperando a ser tachado: Agatha Christie. Esta autora es considerada una imprescindible en cualquier biblioteca. Por eso, este año, coincidiendo con el centenario de su primera novela (El misterioso caso de Styles, 1920) no lo pospuse más y compré una colección con algunas de sus obras más destacadas. Libros muy breves con historias que -seguro que lo habéis comprobado ya- son tremendamente adictivas.

No tengo claro cuál sería el orden más lógico para leerlas. Yo empecé por “Diez negritos” porque así me lo habían recomendado. Una obra que a mí personalmente me ha gustado mucho y me ha sorprendido por su simpleza: ¿cómo una historia tan breve y sencilla puede ser tan eficaz? Engancha, te mantiene en vilo, te hace dudar de todos los personajes. En fin, Agatha Christie consigue todo lo bueno que se suele decir de ella.

Porque sí, hoy existe un consenso indiscutible sobre la autora. Es la reina del misterio. Son pocos los que logran un reconocimiento tan unánime en el mundo de la literatura. Y un dato curioso, que seguro que anima a muchos escritores: su primer libro tardó cinco años en publicarse, tras haber sido rechazado por seis editores.

En fin, por todo esto, por sus historias tan bien narradas, por lo adictivo de sus novelas… os animo, si no lo habéis hecho ya, a incluirla en vuestra lista de próximas lecturas. Sus obras se leen tan rápido que podéis incluso combinarlas con otros libros.

Y vosotros qué, ¿Os gusta Agatha Christie? ¿Cuál es vuestro libro favorito? ¿Cuál es, para vosotros, otro merecedor/a de la corona del misterio?

El andén de en frente

Subida en las escaleras metálicas que me dirigían al andén, miraba al frente con aparente despreocupación. Un poco sobreactuada, como quien se sabe observada y trata de disimularlo. Llevaba conmigo ese deseo, cercano al masoquismo, de volver a encontrarme con él.

Quería que me viese tranquila, feliz y segura de mí misma. Incluso guapa, a pesar de mis ojeras y mis párpados hinchados. Deseaba con todas mis fuerzas que se lamentase por haberme perdido, que se le rompiera el alma por haberme hecho daño, que se arrepintiese para siempre de ese estúpido error suyo, que nos llevó a terminar una relación en apariencia perfecta.

Como si el cielo me hubiese escuchado, bajé el último peldaño y ahí estaba él, sentado en el andén de en frente. Con su pelo negro y alborotado. Estaba escuchando música con unos auriculares, apoyado sobre sus rodillas. Le miré solo un segundo, tiempo suficiente para ver que estaba inusualmente afeitado y que llevaba la camiseta roja y blanca, esa que le quedaba tan bien.

Qué ingenua había sido al pensar que un encuentro casual le haría sentir todas esas cosas. Y qué inocente, también, al dar por hecho que yo me mantendría indiferente. Mis manos empezaron a temblar y el aire, ya de por sí escaso en el subsuelo, me pareció inexistente en aquella estación.

Quedaba un minuto para que su tren llegase, según indicaba el cartel luminoso que colgaba sobre su cabeza. Era poco tiempo. Me situé justo frente a él y tosí un par de veces, segura de que, si alcanzaba a oirme, reconocería ese sonido.

Instintivamente clavé la mirada en ese suelo de hormigón, oscuro como mi estado de ánimo. Quería que me viese, sí, pero yo no me atrevía a mirarlo.

El ruido del tren que le alejaría literalmente de mí era cada vez más fuerte y se entremezclaba con el de mis latidos. 

¿Me habría visto? No podía quedarme con la duda. En el último momento, cuando el tren ya estaba en el andén de en frente y él debía de haber entrado en su vagón, me armé de valor y alcé la vista para comprobar si se había percatado de mi presencia. O quizá para demostrarme a mí misma que podía mantener la cabeza bien alta incluso en las peores circunstancias.

Y entonces pasó. Me encontré con sus ojos. Preciosos como siempre. Tristes como nunca antes los había visto.

Cuántas palabras sin decir nada. Le sostuve la mirada, y supongo que la mía también dijo muchas cosas: qué pena acabar así después de un millón de risas. Después de tantas caricias en la cama, tantas películas en el sofá, tantos despertares cargados de amor. Y qué decepción, también. Toda la confianza construida durante años demolida en una sola noche.

Su tren arrancó, creo que poco después de que nuestros ojos se hablasen a través el cristal, y retomó su camino hacia Pinar de Chamartín. La dirección opuesta a la mía, por si yo todavía no hubiese asumido que Sergio y yo, después de una vida juntos, habíamos tomado caminos diferentes.